Después de permanecer mudas durante la pandemia, las campanas del templo de Santa Elena de la Cruz volvieron a despertar hace cuatro años. Desde entonces, sus sonidos volvieron anunciar la alegría, convocan a la oración y acompañan el último viaje de los hijos de este pueblo
Pedro MATÍAS
OAXACA, Oax. (quepasapedro).- Las campanas hablan. Tienen un lenguaje propio. Anuncian la alegría, convocan al encuentro, llaman a la oración y, cuando la muerte llega a una familia, hacen que todo el pueblo se entere.
No necesitan palabras. Basta escuchar sus repiques para saber si hay fiesta, si comienza una misa o si alguien ha emprendido el camino sin retorno.
Así lo explica José Julio Reyes Matías, maestro de capilla y rezador de Santa Elena de la Cruz Xoxocotlán, mientras desentraña los secretos de esos sonidos que forman parte de la memoria y la identidad de una comunidad.
Hace apenas cuatro años, las campanas volvieron a hablar. Resucitaron después de permanecer en silencio por el terremoto del siete de septiembre 2017 y se extrañaron durante la pandemia, cuando el templo del siglo XVII fue consagrado nuevamente y sus voces regresaron a lo alto del campanario.
Aquel día, 27 de julio de 2022, la emoción se desbordó. Hubo quienes exclamaron: «¡Ahora sí ya puedo morirme!». Para algunos fue un milagro; a otros se les humedecieron los ojos. En el corazón de la población se desató un júbilo que difícilmente puede explicarse con palabras.
Y es que durante la pandemia muchos conocidos y familiares se marcharon para siempre sin que el pueblo pudiera enterarse. No hubo campanadas que anunciaran sus partidas, ni dobles que convocaran al duelo. Las campanas permanecieron mudas y con ellas pareció apagarse una parte de la vida comunitaria.
Por eso, cuando volvieron a sonar, no solamente anunciaron la reapertura de un templo: devolvieron al pueblo una de sus voces más antiguas.
El lenguaje secreto de las campanas
Ahora, durante el mes del Rosario, sus sonidos vuelven a recorrer las calles. Al clarear el alba acompañan los rosarios de aurora; durante el día llaman a misa y, cuando el reloj marca las ocho de la noche, ocho campanadas anuncian que ha llegado la hora de la oración.
Los socios de las 19 hermandades, junto con el comité de festejos, recorren la población para rezar el santo rosario en los hogares que lo solicitan. Es una tradición que convierte las casas en pequeños espacios de encuentro y oración.







El maestro de capilla recuerda que, cuando eran niños, al escuchar las campanas de las ocho de la noche, todos se hincaban para rezar el Padre Nuestro. Después se levantaban, cruzaban los brazos y saludaban con un «la mano, tía» o «la mano, tío» a cualquier persona que pasara por la calle.
Era una costumbre sencilla, pero también una manera de reconocerse como parte de una misma comunidad.
Las campanas, sin embargo, tienen un lenguaje mucho más complejo. Cada repique guarda un significado y cada silencio tiene una razón.
El presidente del Comité de Festejos, Diego Osvaldo Antonio Gómez; el rezador René Ramírez Vásquez, y el tesorero Marco Eluid Ángel Morales, explican los diferentes toques mientras sus manos reproducen los movimientos que han aprendido y conservado de generación en generación.
Cuando alguien muere, las campanas doblan para anunciar el duelo. Si el difunto es un hombre, se hacen nueve campanadas espaciadas; si es una mujer, ocho. Los nueve golpes representan los meses de gestación y los ocho permiten distinguir la partida de una mujer.
Pero cuando quien muere es un niño, el lenguaje cambia. Se les llama angelitos y su despedida tiene un sonido particular: se repica con la esquila y se golpea con dos piedras de río.
El sonido que producen parece pronunciar una y otra vez: «Mis nenes, mis nenes, mis nenes…». Es como si en esas notas se reuniera el llanto de la gente que despide a sus pequeños.
La esquila, en cambio, parece responder desde lo alto con una voz distinta: «Ven para acá». Es la interpretación que conserva la tradición del pueblo: la voz de Dios que llama a los angelitos.
Cuando las campanas anuncian la fiesta
No todos los sonidos tienen la solemnidad del duelo. También están aquellos que hacen vibrar las calles y anuncian que llegó el momento de celebrar.
Cuando es fiesta, las campanas grandes y la esquila, conocida también como sorda, se tocan al mismo tiempo. Entonces el campanario parece desbordarse de alegría. Los repiques son estruendosos, casi escandalosos, pero hermosos para quienes han crecido reconociendo en ellos la señal de una celebración.
Hay también un toque reservado para la rogación, que anuncia que el Santísimo Sacramento del Altar está expuesto. Otro corresponde al llamado a misa: 33 campanadas que representan los años de Cristo.
Y existe una campana cuyo sonido tiene un significado diferente. Se utiliza cuando ocurre algún problema grave en la población. Afortunadamente, comenta Diego Osvaldo, durante los últimos años ha permanecido en silencio.
Cada toque tiene su momento. Cada campanada cumple una función. Nada parece quedar al azar en este antiguo lenguaje que los habitantes de Xoxocotlán han aprendido a escuchar desde la infancia.
Una voz que atraviesa el tiempo
Hay una fecha en la que las campanas no conocen descanso: el 13 de agosto, cuando se conmemora el Tránsito de María. Durante esa celebración, sus repiques se prolongan a lo largo del día y de la noche, como si el campanario entero quisiera hacerse escuchar.
Mientras Diego Osvaldo, René Ramírez y Marco Eluid explican los movimientos de las manos, los golpes y las pausas, queda claro que no se trata solamente de tocar campanas. Se trata de custodiar una herencia, de preservar un lenguaje que no está escrito en los libros, sino en la memoria de quienes lo han escuchado y transmitido.
En Xoxocotlán, las campanas no son simples instrumentos de bronce. Son mensajeras de la vida comunitaria. Con sus voces acompañan los nacimientos, las fiestas, las oraciones y las despedidas, aunque cada uno de esos momentos tenga un sonido distinto.
Quizá por eso aquella exclamación que se escuchó cuando volvieron a repicar después de la pandemia encierra tanto significado: «¡Ahora sí ya puedo morirme!».
No era un deseo de partir, sino la emoción de quien había recuperado algo que creía perdido para siempre.
Porque mientras las campanas suenen, el pueblo sabrá quién convoca a la fiesta, quién llama a la oración y quién se ha marchado para siempre.
Y cuando vuelvan a doblar por alguno de sus hijos, Xoxocotlán entero podrá escuchar, una vez más, la voz de su memoria.